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La comunicación no verbal
 
Diferencias en la comunicación no verbal en función del sexo

¿De dónde provienen las diferencias entre signos comunicativos que denotan masculinidad o feminidad?
Sobre esta temática encontramos posturas más radicales, como la de algunas feministas que afirman que las diferencias en el comportamiento entre hombres y mujeres son aprendidas, o bien otros que opinan que estas diferencias se deben básicamente a razones biológicas.

El hecho es que la cultura en la que nos encontramos inmersos nos emite múltiples mensajes sobre la manera que nos tenemos que comportar según nuestro sexo, que nos llegan a través de muchos medios, ya sea la televisión y cine, a través de personas que forman parte de nuestro entorno social, sea del núcleo familiar, profesional u otros ámbitos. Muchos mensajes publicitarios son un buen ejemplo de esto, y muestran a menudo hombres o mujeres que tienen un determinado comportamiento masculino o femenino, y que eso, conjuntamente con el producto que anuncian, les ayuda a ser personas con éxito.

Estas influencias nos vienen de cuando éramos pequeños, ya que si pensamos en la infancia, a menudo podemos recordar que en algún momento u otro recibíamos mensajes sobre lo que estaba bien o mal hecho, según si éramos niños o niñas. Un comportamiento más enérgico o destructor puede ser más tolerado en los niños que en las niñas. Por el contrario, de las niñas se acostumbra a esperar que serán más responsables, jugarán a juegos que no implicarán tanta acción como en el caso de los niños y que, en cambio, tendrán más relación con una simulación de las tareas domésticas. Aunque hay comportamientos que atribuimos más a aspectos masculinos o femeninos - como por ejemplo sentarse con las piernas abiertas, que sería para atribuir a una conducta masculina, mientras que sentarse con las piernas cerradas o cruzadas lo sería a un comportamiento femenino- el hecho es que hay muchos otros comportamientos que no se pueden clasificar tan fácilmente o que han cambiado con el tiempo. También se puede dar el caso de que una mujer que consideremos bastante femenina pueda tener algún comportamiento masculino, sin que esto nos extrañe mucho o viceversa. Para poder clasificar a un comportamiento de masculino o femenino, nos servimos de la suma de todos los elementos que nos transmite la conducta de aquella persona. La prueba de que en estas diferencias de comportamiento sexual, la cultura es algo determinante, nos la propuso una antropóloga, Margaret Mead, que en 1935 hizo un estudio de tres tribus que vivían a una distancia no superior a 100 millas (unos 150 Km ) entre ellas. En una ambos sexos mostraban un comportamiento atrevido y agresivo; en la segunda, hombres y mujeres se mostraban tiernos y maternales y en la tercera, mientras que los hombres cuidaban más su aspecto que las mujeres e iban de compras, éstas eran enérgicas, prácticas y no se arreglaban.

Sobre el efecto que pueden tener estos signos diferenciadores sexuales en el otro, Birdwhistell nos explica que algunas veces se puede dar un efecto que a simple vista puede parecer contradictorio. Establece diferencias entre la mujer básicamente sexy y la mujer sexual. La primera es aquella que mediante su aspecto va proclamando su feminidad a los demás, pero que, en cambio, ante la aproximación de un hombre que la seduzca, no experimenta muchos cambios en su comportamiento. En cambio, eso sí que pasaría en la mujer sexual, que no está tan preocupada por exhibir sus atributos femeninos.

Esta mujer experimentaría cambios en su comportamiento, que se podrían ver tanto en su cara, que se puede iluminar, como en su postura. Podría mostrarse más erguida, y provocar en el hombre que le gusta la sensación de que él la ha transformado en más bella. Esta mujer, posiblemente, resultaría más atractiva que la primera. Y lo mismo podríamos decir sobre el comportamiento masculino. En resumen, podemos decir que los signos indicativos sexuales, aunque pueden variar según la cultura y la época - como por ejemplo determinados convencionalismos como la manera de vestir o peinarse- responden a una necesidad muy importante: ayudarnos a diferenciar más rápidamente a ambos sexos. Éstos son intercambios que realizamos en nuestra comunicación con los demás y de esta manera afirmamos nuestra identidad sexual.


 

 
 
                        
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